Diario Itinerante de un Navío Compartido


Murió el Chivo Valladares…

Escrito el 16 de septiembre de 2008.


Una de las postales más hermosas del folclore argentinos es quizás, y por qué no, Mercedes Sosa cantando Debajo del sauce solo, una de las grandes obras de Rolando Chivo Valladares, con letra de Manuel J. Castilla. El Chivo murió ayer a las 14.40, minado por un cáncer y la vejez, en el sanatorio 9 de Julio de San Miguel de Tucumán, pero esa zamba tiene ganada la eternidad.

Tucumano, hermano de Leda, compositor de temas como Zamba del romero, Vidala del lapacho, Subo, Vidala del último día, Lejos, compartió la época de oro salteña junto al Cuchi Leguizamón y Castilla. Su pasión por la música no era excluyente de otras pasiones; tenía un espíritu renancentista y sus inquietudes eran inabarcables: fue cazador, levantador de pesas, campeón de tiro, herrero, amante de las motos y carpintero. Durante diez años trabajo de obrero calificado de la Firestone y muchos de sus más de 120 temas los compuso entre torres de neumáticos.

Su vida aparece tapizada de anécdotas. De viejo pasaba horas en su casa antigua del centro de San Miguel frente a un televisor clavado en Animal Planet; el amor por los animales era tan fuerte que le llegó a construir e instalar un pico de metal a un gallo que había perdido su boca en una riña, para que no se muriera de hambre. De joven salía mucho con Castilla: le gustaba recordar la vez que estuvieron tres días sin dormir. Admiraba a Leguizamón. “Nunca lo vi como un par al Cuchi. Está bien: somos compositores. Pero él era demasiado grande. Van a pasar cien años y vamos a seguir descubriendo cosas de sus canciones”.

Terco y obstinado, toda su vida se negó a aprender música por el desmesurado temor a que sus canciones perdieran “el espíritu agreste”. “No quiero que mi música se sofistique -decía-. Sé lo que es un pentagrama y puedo tocar un poco el piano y también otros instrumentos, pero nunca me interesó aprender seriamente. El solfeo, por ejemplo, siempre me provocó tedio. ”

De hablar pausado, le gustaban las metáforas automotrices (“me patina el embrague”, “de aspecto físico me siento bien… pero si abro el capot”, etc.) y se sentía un poco desencantado de los tiempos modernos (“está muy emputecida la vida”). En los últimos años luchaba contra un cáncer al pulmón y contra cierta forma del olvido.